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Madeira en noviembre: una semana de naturaleza en la isla más salvaje de Portugal

Unas vacaciones de montaña con el océano alrededor.

Guía personal para pasar una semana en Madeira en noviembre, con Funchal, Cabo Girão, Ponta de São Lourenço, rutas de levadas, Porto Moniz y Pico do Arieiro.

23 min de lectura

Datos rápidos

Mejor momento
Viajar en noviembre nos vino muy bien, aunque los días son cortos y el tiempo puede cambiar rápidamente.
Duración
Una semana fue suficiente para conocer buena parte de Madeira, especialmente viajando en coche y repartiendo la estancia entre distintas zonas.
Dónde alojarse
Alójate en Funchal o São Martinho para visitar la ciudad y después trasládate al oeste si quieres reducir los desplazamientos.
Ideal para
Senderismo, levadas, miradores, costas volcánicas y escapadas en plena naturaleza.
Valle montañoso de Madeira con nubes por debajo de las cimas Vista de un profundo valle montañoso en Madeira Costa y montañas de Madeira en noviembre

Estuvimos a punto de cancelar el viaje. Era noviembre y, debido a la ubicación atlántica de Madeira, nos preocupaba que el tiempo fuese imprevisible: quizá lluvioso, quizá gris; era difícil saberlo.

Nos equivocamos. El viaje salió tan bien que casi me dio rabia haberme preocupado tanto para nada.

Hay algo que conviene tener claro: Madeira no es un destino de playa con algunas montañas. Es un destino de montaña rodeado por el océano. Si tu semana perfecta consiste en tumbarte en la arena, será mejor que elijas otro lugar. Pero si no te importa esforzarte un poco para disfrutar de unas vistas increíbles, esta isla te ofrece algo nuevo cada día. Decidimos dar prioridad a la naturaleza y Madeira nos recompensó con creces.

Para situarnos: Madeira es una isla portuguesa situada en el Atlántico, más cerca de África que de Lisboa, y está a unas dos horas de vuelo desde Portugal continental. Yo volé desde Valencia con escala en Lisboa y el trayecto completo duró unas cinco horas. Una semana fue suficiente para conocer buena parte de la isla, aunque podría haberme quedado mucho más tiempo para seguir explorándola.

El aterrizaje y el primer día: Funchal por mi cuenta

La isla ya impresiona antes incluso de aterrizar. El aeropuerto de Madeira es famoso porque aterrizar allí puede ser especialmente complicado. Parte de la pista está construida sobre una larga plataforma sostenida por 180 pilares de hormigón, a unos 70 metros sobre el mar. Además, el viento es tan fuerte y cambiante que los pilotos necesitan una formación específica para operar allí.

Pasé la primera noche sola en el centro de Funchal, antes de que llegara mi madre, así que hice lo que siempre hago cuando visito una ciudad nueva: caminar hasta que los pies empezaron a protestar.

El centro es pequeño y fácil de recorrer, algo que me gustó mucho. El Mercado dos Lavradores parece sacado de una postal: puestos repletos de frutas de colores y, en medio, un hombre tocando la guitarra y cantando en portugués. Sí, es turístico, pero conserva suficiente encanto como para que merezca la pena.

Puestos de fruta colorida en el Mercado dos Lavradores de Funchal
Mercado dos Lavradores
Un patio de azulejos y vegetación en Funchal
Cantante en el Mercado dos Lavradores

Desde allí caminé por el paseo marítimo hasta el Forte de São Tiago y después tomé un autobús local para subir al Monte Palace Tropical Garden.

El Forte de São Tiago amarillo junto al paseo marítimo de Funchal
Forte de São Tiago

El recorrido atraviesa una vegetación exuberante salpicada de paneles de azulejos portugueses, pequeños puentes rojos y puertas que parecen sacadas de un jardín japonés. También hay arroyos junto a los que descansan flamencos, una exposición de piedras y minerales y réplicas de las casas de tejado puntiagudo que más adelante verás en Santana. Desde uno de los rincones se contempla Funchal y, al fondo, el mar. El jardín es precioso, elegante y está muy cuidado. Mientras lo recorría, me vino a la cabeza una idea que se repetiría durante toda la semana: ¿cómo puede resultar todo tan exótico si, en el fondo, sigo estando en Europa? La isla es subtropical y atlántica, tiene un toque asiático y, a la vez, es inconfundiblemente portuguesa.

Vista al mar entre palmeras en Monte Palace Tropical Garden en Madeira
Vista al mar desde Monte Palace
Arcos y plantas exuberantes dentro de Monte Palace Tropical Garden
Arcos del jardín en Monte Palace
Puente rojo rodeado de plantas subtropicales en Monte Palace Tropical Garden
Puente rojo en el jardín tropical
Panel de azulejos azules y blancos en Monte Palace Tropical Garden
Azulejos portugueses entre las plantas

La actividad más famosa de Monte es bajar en los carros de cesto: una especie de trineo de mimbre guiado por dos hombres con sombrero de paja, que utilizan las suelas de los zapatos para frenar mientras descienden por una carretera abierta al tráfico. Todas las guías recomiendan probarlo. Yo lo miré, decidí que no me parecía lo bastante seguro y regresé en autobús.

Terminé el día comiendo un bocadillo madeirense en Rei da Poncha. Estaba muy bueno, aunque el sitio es bastante turístico. Preferí dejar la poncha para otra noche: estaba sola y agotada por el viaje, y no me pareció el mejor momento para probar esta potente bebida de aguardiente de caña de azúcar y miel. Cumplí mi promesa el quinto día. Al caer la noche, el paseo marítimo se iluminó por completo, las luces brillaban en las laderas y hubo incluso unos breves fuegos artificiales, aunque no llegué a saber qué celebraban.

Un bocadillo madeirense en Rei da Poncha en Funchal
Bocadillo madeirense en Rei da Poncha
Fuegos artificiales sobre edificios de Funchal de noche
Fuegos artificiales sobre Funchal

Día 2: un suelo de cristal, un paseo arriesgado y un almuerzo en el que la comida era lo de menos

Mi madre llegaría a última hora de la tarde con el coche de alquiler, así que todavía me quedaba un día por mi cuenta y a pie. Aquello confirmó algo que después repetiría a cualquiera que visitara la isla: no necesitas coche para conocer Funchal y la costa más cercana, porque hay un buen servicio de autobuses; sin embargo, para adentrarte en el interior de Madeira sí necesitarás uno.

Empecé el día en el Parque de Santa Catarina, un bonito parque situado en uno de los extremos de la ciudad, y después tomé un autobús hasta el Miradouro do Cabo Girão. Por 5 euros por persona - costaba 3 euros cuando fui en 2023 - puedes caminar sobre una plataforma de cristal suspendida sobre uno de los acantilados marinos más altos de Europa. A través del suelo se ven el agua y, muy abajo, las pequeñas parcelas de cultivo de la costa. Si tienes miedo a las alturas, este lugar no es para ti. Si no, merece la pena, aunque solo sea por contemplar cómo los acantilados se prolongan en la distancia.

Acantilados y costa vistos desde Cabo Girão en Madeira
Acantilados desde Cabo Girão
Vista a través del suelo de cristal del skywalk de Cabo Girão
El suelo de cristal en Cabo Girão

Después tomé una decisión que no recomiendo imitar: decidí caminar desde Cabo Girão hacia el centro para disfrutar del paisaje. Buena parte del recorrido transcurría por la calzada, sin una acera adecuada. Fue arriesgado y no pretendo decir lo contrario. La recompensa fue contemplar Madeira de cerca, en lugar de hacerlo a través de la ventanilla de un coche: tejados anaranjados que descendían por las laderas, plataneras y pequeños viñedos.

Tejados costeros y acantilados bajo Cabo Girão en Madeira
Vistas junto a la carretera
Vista desde la carretera sobre palmeras y el Atlántico en Madeira
Vistas desde la carretera hacia el Atlántico
Plantaciones de plátanos y costa en la ruta hacia Câmara de Lobos
Viñedos junto a la costa

Así fue como terminé en Câmara de Lobos, donde disfruté de una de las comidas que más recuerdo del viaje, aunque en realidad la comida era lo de menos. Este es el pueblo pesquero en el que Winston Churchill se sentó a pintar la bahía en enero de 1950. Incluso su nombre resulta curioso: significa aproximadamente «cámara de los lobos», en referencia a las focas que los primeros colonos encontraron en la bahía.

Encontré un local pequeño, frecuentado sobre todo por gente de la zona, y pedí lo más sencillo posible: pollo asado, arroz, patatas al horno y champiñones; cocina casera sin pretensiones. Fue perfecto precisamente porque había llegado caminando hasta un rincón auténtico, en vez de bajarme allí de un autobús turístico. A veces la comida es solo la excusa; la verdadera experiencia es todo lo que la rodea.

Pueblo de Câmara de Lobos y colinas en Madeira
Câmara de Lobos
Arte pintado en puertas de Câmara de Lobos
Puertas pintadas en Câmara de Lobos
Pollo asado, arroz y verduras en un restaurante local de Madeira
Almuerzo local sencillo

Después regresé a Funchal en autobús. Mi madre ya había llegado con el coche y pasamos una tarde tranquila en nuestro alojamiento de São Martinho, al suroeste del centro, antes de empezar a recorrer de verdad la isla en coche.

Lista rápida: qué ver en Funchal

Mi visita a Funchal fue bastante sencilla, pero la ciudad da para más de un día si quieres conocerla con calma. Estos son los principales lugares que merece la pena visitar:

  • Mercado dos Lavradores: un mercado cubierto conocido por sus coloridos puestos de fruta y su ambiente animado.
  • El casco antiguo o Zona Velha: calles estrechas con puertas pintadas y numerosos restaurantes y bares al caer la tarde.
  • Monte Palace Tropical Garden: los jardines situados en lo alto de la ciudad, accesibles en autobús o en teleférico.
  • Catedral de la Sé: una catedral histórica situada en pleno centro y perfecta para una visita breve.
  • Parque de Santa Catarina: un espacio verde junto al centro con vistas al mar.
  • Forte de São Tiago: una pequeña fortaleza junto al mar, de camino al casco antiguo.
  • El paseo marítimo: un recorrido sencillo junto al agua, especialmente agradable por la noche, cuando se ilumina la ciudad.
  • Vino de Madeira: en el centro puedes visitar una bodega y probar el famoso vino fortificado de la isla.
  • Cristiano Ronaldo: para los aficionados al fútbol, Funchal es su ciudad natal y cuenta con un museo y una estatua dedicados a él.

Día 3: Ponta de São Lourenço y una opinión sincera sobre Santana

Este fue nuestro primer día completo en plena naturaleza y también el primero con el coche. Las carreteras dejaron claro desde el primer momento lo que nos esperaba: pendientes pronunciadas, curvas cerradas y una conducción que exige atención constante.

Ponta de São Lourenço, el extremo más oriental de la isla, no se parece en nada al resto de Madeira. No hay árboles. El terreno está formado por roca volcánica desnuda, de tonos rojizos y marrones, azotada por el viento, con el Atlántico golpeando los acantilados a ambos lados. No es extraño que parezca otro planeta: es el rincón más seco y expuesto de la isla, una reserva natural protegida desde la década de 1980, con formaciones volcánicas y farallones erosionados que emergen del mar. En Madeira incluso la conocen como la «Cola del Dragón».

Acantilados volcánicos rojos de Ponta de São Lourenço en Madeira
Acantilados de Ponta de São Lourenço
Una viajera sentada sobre el Atlántico en Ponta de São Lourenço
En Miradouro do Furado

Por momentos olvidé por completo que estaba en una isla portuguesa. El paisaje parecía nórdico, escocés o incluso marciano. La ruta es sencilla: se va y se vuelve por el mismo camino, por lo que es prácticamente imposible perderse. Solo se complica al final, cuando una subida pronunciada hasta el Miradouro do Furado obliga a ganarse las vistas. Tardamos unas tres horas y media, pero únicamente porque nos detuvimos en todos y cada uno de los miradores. Se puede hacer mucho más rápido, pero no queríamos hacerlo.

Aquello no era más que el comienzo de la semana, así que no dejaba de pensar: si ya es así de espectacular, ¿qué vendrá después?

Acantilados rocosos y olas del Atlántico en Ponta de São Lourenço
Roca volcánica y olas del Atlántico
Acantilados oscuros y olas en la ruta de Ponta de São Lourenço
El borde salvaje de Ponta de São Lourenço

Después de visitar Ponta de São Lourenço, nos dirigimos a Santana. La verdad es que me decepcionó un poco, aunque entiendo que a otras personas les guste. Es el pueblo de las famosas casas triangulares con tejados de paja. Había leído tantas opiniones entusiastas que llegué con expectativas demasiado altas. En realidad, se trata de unas pocas casas y poco más. Mi consejo: visítala si ya te queda de camino, pero no reorganices el itinerario solo para conocerla.

Una casa tradicional triangular con techo de paja en Santana, Madeira
Casa tradicional de Santana
Flores frente a casas tradicionales de Santana en Madeira
Flores y casas de paja en Santana

Terminamos el día en el Miradouro do Guindaste. Mientras conducíamos hacia allí, las nubes avanzaron con rapidez, como suele ocurrir en Madeira: un lado de la isla puede estar soleado y el otro completamente gris en cuestión de minutos. Cuando llegamos, el sol ya había desaparecido.

Una viajera en el mirador de cristal del Miradouro do Guindaste
Pasarela de cristal del Miradouro do Guindaste
Vista nublada de acantilados desde Miradouro do Guindaste en Madeira
Nubes sobre Guindaste

Día 4: el Valle de las Monjas, Porto Moniz y traslado al oeste

El cuarto día decidimos que no tenía sentido seguir regresando cada noche a Funchal por aquellas carreteras, así que nos trasladamos a un hotel en Arco da Calheta para tener mucho más cerca el oeste de la isla. Si tuviera que dar un único consejo práctico para una semana en Madeira, sería este: la isla parece diminuta en el mapa, pero sus carreteras sinuosas alargan mucho los trayectos. Conviene alojarse cerca de la zona que se quiere explorar.

Primero vivimos una anécdota divertida. Nos detuvimos en el Miradouro Pico dos Barcelos para contemplar Funchal y allí, justo en ese mirador de una isla perdida en medio del Atlántico, encontramos un autobús turístico lleno de letones. Tengo raíces letonas, así que me hizo especial gracia viajar hasta una remota isla volcánica en busca de un poco de naturaleza y encontrarme de repente rodeada de compatriotas haciéndose fotos a mi lado.

Funchal visto desde Miradouro Pico dos Barcelos entre árboles
Funchal desde Pico dos Barcelos
Vista amplia sobre Funchal desde Miradouro Pico dos Barcelos
Vista sobre Funchal

Después fuimos a Curral das Freiras, el Valle de las Monjas. El nombre impresiona, y la historia lo justifica. En 1566, cuando unos piratas franceses atacaron Funchal, las monjas del convento de Santa Clara huyeron a este valle precisamente porque está tan oculto entre las montañas que no puede verse desde el mar. Nada más llegar se entiende por qué eligieron este lugar: es un valle profundo y verde rodeado de picos. Lo que no encontrarás son indicaciones útiles para localizar el inicio de la ruta. En 2023, la señalización era prácticamente inútil.

Preguntamos a varias personas del pueblo y nos dieron explicaciones poco claras sobre los autobuses; en cualquier caso, nosotras queríamos subir caminando. Al final, tras seguir una cadena de indicaciones del tipo «gira a la derecha, cruza allí y sigue a la izquierda hasta que veas una señal», encontramos el sendero. Hubo un detalle que se me quedó grabado: durante la subida nos cruzamos con bastantes personas que bajaban, pero apenas vimos a nadie haciendo a pie el tramo más duro del ascenso.

Al llegar arriba entendimos el motivo. El lugar estaba lleno de personas que habían llegado en coche para hacerse una fotografía y que poco después volverían a marcharse también en coche. Las vistas eran increíbles y estoy segura de que nos parecieron todavía mejores porque nos las habíamos ganado subiendo a pie. Decidí entonces que Madeira ofrece más a quienes se esfuerzan por descubrirla.

Profundo valle montañoso de Madeira visto desde arriba
Valle de las Monjas desde arriba
Una viajera sobre el Valle de las Monjas en Madeira
La subida sobre Curral das Freiras

Durante el regreso pasamos por un punto cercano al Miradouro da Malhada, en el bosque cubierto de niebla que se extiende por encima de Funchal. La bruma se movía entre los árboles de una forma tan bonita que detuvimos el coche, bajamos y nos quedamos contemplándola. No estaba previsto y probablemente nunca podríamos repetirlo de la misma manera: es uno de esos momentos que solo surgen cuando tienes coche y ningún horario rígido.

Niebla moviéndose entre árboles altos en el bosque de montaña de Madeira
Bosque con niebla

Después continuamos hacia el oeste hasta Porto Moniz y sus famosas piscinas naturales, formadas entre rocas volcánicas y alimentadas por el agua del océano. Allí puedes nadar sin exponerte directamente al oleaje mientras las olas rompen contra las paredes de roca. La sensación de estar en un mar salvaje y, al mismo tiempo, protegido de él es increíble. Eso sí, una advertencia importante: no esperes entrar cómodamente como en una playa de arena. Todo está formado por roca volcánica dura y afilada, y entrar y salir puede resultar complicado.

Fue precisamente allí donde mi madre se golpeó el pie con un borde afilado y se hizo un corte tan profundo que al día siguiente apenas podía caminar. Es mejor llevar escarpines y moverse sin prisas.

Personas nadando en las piscinas naturales volcánicas de Porto Moniz
Piscinas naturales de Porto Moniz
Olas chocando contra rocas volcánicas negras en Porto Moniz
Rocas volcánicas en Porto Moniz

Seguimos por la costa norte. Hicimos una parada rápida, bajo un cielo gris, en la playa de arena negra de Seixal; era bonita, pero las nubes nos hicieron marcharnos pronto. También nos detuvimos en São Vicente y después llegamos a nuestro alojamiento en el oeste. Nos alojamos en Engenho Velho, en Arco da Calheta: un hotel pequeño con amplias vistas al océano y un restaurante lo bastante bueno como para que prefiriéramos cenar allí en vez de volver a conducir. Es un lugar que recomiendo sin duda.

Cascada junto a la carretera en la costa norte de Madeira
Cascada junto a la carretera en la costa norte
Iglesia y montañas verdes en São Vicente, Madeira
São Vicente
Farallones marinos cerca de Ribeira da Janela en Madeira
Farallones de Ribeira da Janela
Vista tranquila del mar en la costa norte bajo los acantilados de Madeira
Praia do Seixal
Atardecer desde un balcón de hotel en Arco da Calheta, Madeira
Vista desde el hotel Engenho Velho

Día 5: qué es realmente una levada y, por fin, la poncha

Primero, una explicación breve, porque encontrarás la palabra «levada» en casi todas las señales de senderismo de Madeira. Las levadas son los antiguos canales de la isla, trazados por las laderas para transportar agua desde el norte, más húmedo, hasta el sur, más seco y agrícola. Junto a casi todos ellos discurre un sendero. Esa es una de las grandes ventajas de caminar en Madeira: las levadas forman una red de caminos junto al agua que atraviesa terrenos que, de otro modo, serían muy difíciles de recorrer.

Elegimos la Levada das 25 Fontes, en Rabaçal, una de las rutas más bonitas y conocidas de la isla. Hay que decirlo con sinceridad: es muy popular, así que no la tendrás para ti. Sin embargo, el aparcamiento está bien señalizado, el sendero es fácil de seguir y todo el recorrido es precioso. Lo mejor no son solo las cascadas - Risco, la propia cascada de las 25 Fontes y Lagoa do Vento -, sino también los tramos que las conectan, con vistas al valle, árboles que se alzan sobre el camino y el sonido constante del agua. No es una caminata especialmente difícil, pero puede alargarse bastante. Nos desviamos por algunos senderos secundarios porque queríamos seguir explorando y regresamos al coche después de unas cuatro horas y media, completamente agotadas. Mereció la pena cada minuto.

Una poza al pie de una cascada en la ruta de Levada das 25 Fontes en Madeira
Poza de cascada en Levada das 25 Fontes
Sendero estrecho de levada entre árboles en Madeira
Sendero de levada por el bosque
Vista de un valle verde desde las rutas de levada de Rabaçal en Madeira
Vistas del valle de Rabaçal
Cascada alta sobre una pared rocosa cubierta de musgo en una ruta de levada de Madeira
Cascada en la ruta de levada
Cascada y vegetación exuberante en Levada das 25 Fontes
Vegetación en Levada das 25 Fontes

Aquel día me recordó dos cosas sobre viajar en noviembre. La primera es que los días son cortos. Hacia las seis de la tarde el sol ya se había puesto, algo que limita bastante el número de actividades que pueden hacerse, por lo que conviene empezar temprano y no dejar una caminata para última hora. La segunda es que esa noche regresamos a Funchal, no porque ya no quedara nada que hacer en el oeste, sino porque había reservado para la mañana siguiente una excursión guiada a Pico do Arieiro con recogida en nuestro hotel de la ciudad. Fue entonces cuando, por fin, llegó el momento de probar la poncha que llevaba posponiendo desde el primer día. Es dulce, es fuerte y sabe a vacaciones.

También aprendí por las malas una lección sobre las reservas: las excursiones para ver amanecer desde Pico do Arieiro son muy populares y se agotan. Reservé a última hora, el día anterior, y ya no quedaban plazas para el amanecer, así que tuve que elegir una salida más tarde por la mañana. Si quieres ver salir el sol, reserva con bastante antelación.

Día 6: de Pico do Arieiro a Pico Ruivo, todo el viaje resumido en una ruta

El momento culminante de la semana, en todos los sentidos, fue este.

Reservé un servicio de traslado hasta Pico do Arieiro. Un guía muy amable pasó a recogerme en minibús junto con varios viajeros más. Pagué unos 30 euros en 2023; actualmente cuesta más y para hacer la ruta hay que reservar y pagar una tasa, algo que explico más adelante. Durante la subida, el guía nos contó curiosidades y nos dio algunos consejos sobre la isla. Al llegar arriba, el conductor y el guía se quedaron esperando junto al vehículo mientras recorríamos la cresta por nuestra cuenta y a nuestro ritmo, exactamente como yo quería.

Esta es la ruta de Pico do Arieiro a Pico Ruivo, el sendero más famoso de Madeira, que conecta las cumbres más altas de la isla a través de una cresta rocosa. No es una ruta fácil. Hay tramos de escaleras empinadas talladas en la montaña, se camina a pleno sol durante casi todo el recorrido y la altitud es considerable. Es imprescindible llevar buen calzado y protector solar. Tardé algo más de cuatro horas contando todas las paradas y, cerca del final, me detuve en una pequeña cafetería-restaurante para tomar una poncha.

Picos y crestas en la ruta de Pico do Arieiro a Pico Ruivo
Crestas de Pico do Arieiro
Senderistas caminando por la ruta rocosa de Pico do Arieiro en Madeira
La ruta de Pico do Arieiro
Vista de las montañas enmarcada por un túnel en la ruta de Pico do Arieiro
Vista de las montañas a través del túnel
Crestas escarpadas en la ruta de Pico do Arieiro a Pico Ruivo
Acantilados camino a Pico Ruivo

Mi recuerdo más vivo de todo el viaje es el de aquella ruta: caminé entre nubes que estaban a la altura de mis ojos, como si me encontrara al mismo nivel que el cielo y no debajo de él. Parecía una escena sacada de un cuadro. Si solo te quedas con una idea de todo este artículo, que sea esta: es la ruta imprescindible y resume, en una sola cresta, el carácter montañoso y aventurero de Madeira, tan alejado del turismo de playa.

Una viajera de pie sobre las nubes en una ruta de montaña de Madeira
Caminando al nivel de las nubes
Un vaso de poncha después de caminar en Madeira
Poncha después de la ruta

Durante el regreso, el minibús volvió a detenerse en el Miradouro do Guindaste. Quizá recuerdes que ya habíamos estado allí el tercer día, cuando las nubes ocultaron las vistas. Volvía a estar gris: era la segunda vez que las nubes se me adelantaban en aquel mismo lugar.

Día 7: el último descenso

La última mañana no había ninguna caminata larga prevista: solo el vuelo de regreso a Valencia y un último momento divertido, como si el paisaje de Madeira quisiera reírse de nosotras por última vez, igual que ya lo había hecho al principio.

Al devolver el coche de alquiler, nos dijeron que lo aparcáramos justo delante de la oficina. Parecía sencillo, salvo porque la oficina estaba en una calle tan empinada que, agotadas después de una semana recorriendo aquellas carreteras, fuimos incapaces de aparcarlo donde nos pedían. Al final, una empleada tuvo que salir para hacerlo por nosotras.

Unas palabras sobre la comida

Viajé a Madeira por la naturaleza, no por los restaurantes, así que tómate esta sección como una pequeña lista de recomendaciones y no como una guía gastronómica. Aun así, hay algunas especialidades locales que merecen la pena. El bolo do caco es el pan redondo y plano de la isla y suele servirse caliente con mantequilla de ajo. No es casualidad que aparezca por todas partes. La espetada consiste en carne de ternera asada en una brocheta de madera de laurel: sencilla y muy buena. Si te gusta el pescado, busca la espada, el pez sable negro, que suele servirse con plátano frito. Puede sonar extraño, pero funciona. Para beber, prueba el vino de Madeira o la poncha. Además, merece la pena pasear sin prisa por el mercado de Funchal, aunque solo sea para ver sus frutas tropicales.

Lo que me faltó por ver y haría la próxima vez

Una semana me permitió conocer muchos lugares, pero no todos. Esto es lo que quedó pendiente. No llegué al bosque de Fanal, famoso por sus antiguos laureles retorcidos, que bajo la niebla parecen irreales. El bosque cubierto de bruma en el que nos detuvimos era otro, más pequeño. Tampoco hice una excursión para observar ballenas y delfines, una de las actividades más populares de la costa sur. Subí a Monte en autobús en lugar de tomar el teleférico, así que no puedo decir si el trayecto merece la pena.

Si realmente quieres pasar un día de playa, puedes tomar un ferry hasta Porto Santo, otra isla con playas de arena dorada: justo lo que Madeira prácticamente no ofrece. La próxima vez añadiría algunas de estas actividades y recorrería más levadas en el este.

Lo que conviene saber antes de ir

  • Cuándo viajé. Visité Madeira en noviembre de 2023. Comprueba los precios actuales, los requisitos de reserva y el estado de los senderos antes de viajar.
  • No es una isla de playa. Ven por la naturaleza y planifica varias caminatas: el viaje puede convertirse en una de las mejores semanas que hayas vivido.
  • Necesitarás coche para recorrer la isla, pero no para Funchal, donde hay un buen servicio de autobuses. Para explorar el interior y la costa con libertad, sí necesitarás uno. Además, las carreteras pueden resultar estresantes: son empinadas y están llenas de curvas cerradas.
  • Reparte la estancia entre dos zonas. Pasa algunas noches en São Martinho, cerca de Funchal; a nosotras nos vino muy bien. Después trasládate al oeste, como hicimos al elegir Arco da Calheta. Así ahorrarás horas de desplazamientos de ida y vuelta.
  • Noviembre puede ofrecer buen tiempo, pero los días son cortos. Nosotras tuvimos una semana excelente; empieza temprano, porque hacia las seis ya es de noche.
  • Lleva siempre calzado adecuado. Mi madre comprobó por las malas lo afilada que puede ser la roca volcánica, y las rutas por las crestas tienen tramos de escaleras exigentes. En las caminatas expuestas al sol necesitarás protección solar.
  • Reserva con antelación las excursiones para ver amanecer. Si esperas hasta el último momento, probablemente solo encontrarás plazas durante el día, aunque la experiencia seguirá mereciendo mucho la pena.
  • Las principales cumbres requieren ahora una reserva. Desde 2026, para recorrer la ruta de Pico do Arieiro a Pico Ruivo, entre muchas otras, hay que reservar una franja horaria y pagar una tasa. Cuesta aproximadamente 10,50 euros por persona si vas por tu cuenta o alrededor de 7 euros si participas en una excursión guiada, que normalmente gestiona el permiso. Este requisito no existía durante mi viaje, así que conviene planificarlo con tiempo.
  • No organices la ruta en torno a Santana. Visítala si te queda de camino, pero no cambies el itinerario solo para llegar hasta allí.

Madeira suele aparecer entre las islas más bonitas del mundo y algunas personas incluso la llaman el «Hawái europeo». Personalmente, creo que esa comparación no le hace justicia. Madeira merece ser apreciada por sí misma, sin compararla con ningún otro lugar. Su naturaleza es impresionante, sus paisajes no se parecen a los de Portugal continental y da la sensación de formar un mundo propio.

Lo que más me sorprendió fue que el turismo parecía haberla transformado muy poco. Apenas vi grandes complejos hoteleros y el paisaje conservaba un aspecto salvaje, casi intacto. Para mí, fue uno de los mejores viajes de naturaleza que he hecho.

Preguntas prácticas

¿Es buena idea visitar Madeira en noviembre?

Sí. Nosotras tuvimos una semana excelente en noviembre, aunque los días eran cortos y era importante empezar temprano.

¿Hace falta alquilar un coche en Madeira?

No necesitas coche para conocer Funchal, pero sí para recorrer el interior de la isla, la costa oeste y hacer paradas espontáneas en plena naturaleza.

¿Es Madeira un destino de playa?

No exactamente. Madeira es, sobre todo, un destino de naturaleza y senderismo, con rutas de montaña, levadas, miradores y una costa volcánica.